Algoritmo, reputación y la fuente de los deseos

Por qué el mayor enemigo de tu comunicación digital puede ser tú mismo.

Una empresa contrata a un especialista en comunicaciones de primer nivel para relanzar su imagen digital. Él llega, se sienta para conocer el negocio antes de empezar su análisis, y justo cuando va a hacer la primera pregunta, los ejecutivos lo interrumpen: «¿Y cuantos posts al mes en Instagram nos va ha diseñar?» «Hay que grabar más videos». «Otros publican en redes todos los días». En ese momento el especialista se pone de pie, recoge su laptop sobre la mesa y se marcha. No porque sea arrogante, sino porque acaba de entender que nadie en esa sala sabe para qué lo contrató.

El diagnóstico que nadie quiere escuchar

La mayoría de las empresas no tiene un problema de presupuesto en publicidad digital. Tiene un problema de diseño del mensaje de acuerdo a una estratégia de comunicación.

Se invierten miles y hasta millones en campañas de Ads, producción de contenido y gestión de redes sociales. Y el resultado, con demasiada frecuencia, es una especie de ruido digital costoso. Dicho de otra forma, mucha actividad y poca resonancia. Sus métricas son un tobogán, suben y bajan, los dashboards se llenan de gráficas multicolores, y al final del trimestre alguien pregunta en la sala de reuniones lo de siempre: «¿Y por qué no estamos convirtiendo?»

La respuesta incómoda es que el problema no empezó en la pauta o parrilla de contenidos como le llaman otros. Empezó cuando se decidió que comunicar era sinónimo de publicar y si es más es mejor.

Publicar por publicar no es estrategia

Las plataformas digitales —Instagram, LinkedIn, TikTok, X y otras— son herramientas extraordinariamente poderosas. Pero se les ha dado un uso que las desnaturaliza: se las ha  convertido en fines en sí mismas, en lugar de canales al servicio de un objetivo de negocio superior para una empresa. ¿El resultado? Lo que podría llamarse la banalización del medio.

Piénsalo así: cada publicación sin una intención estratégica clara es equivalente a encender la calefacción con las ventanas abiertas en pleno invierno. Hay movimiento, hay consumo de recursos, pero el calor no se acumula por ningún lugar. Seguimos con frío.

Mucho ruido y pocas nueces

A esto hay que agregar una gran obsesión por la frecuencia de publicaciones que es alimentada por el «fervor» al algoritmo. Esto ha producido una generación de marcas que hablan mucho y dicen poco. El contenido se produce solo para existir en el entorno digital, no para persuadir. Y los consumidores de ahora, que cada día procesan miles de impactos e información, son cada vez más capaces de notar la diferencia entre mensajes con contenido y relleno frecuente.

Otro error frecuente es igualmente perverso: se mide lo que es fácil de medir, pero no lo que realmente importa.

Nos referimos a los ansiados likes, a las impresiones y a los shares que no son más que indicadores cómodos porque tienen un número detrás. Pero un número sin contexto es solo ruido con formato de dato. Paradójicamente, un post viral puede generar 50.000 interacciones y cero ventas. Por el contrario, una pieza de contenido sobria y bien argumentada dirigida a 200 tomadores de decisión puede transformar el destino de toda una empresa.

La pregunta que hay que hacerse no es «¿cuánta gente vio esto?» sino «¿a quién movimos y en qué dirección?»

La falta de medición cualitativa —ese análisis que evalúa si el mensaje realmente caló en los stakeholders que importan— es uno de los principales agujeros negros que tiene todo presupuesto de comunicación corporativa.

Sin identidad no hay mensaje, ese es el problema.

Todo lo anterior converge en un punto de origen. Y ese punto es la ausencia de lo que podría llamarse una idea madre. Es decir, una definición clara y rigurosa de quién es la organización, qué defiende y por qué eso importa. En pocas palabras. Cuál es tu bandera.

Sin esa idea rectora, cualquier mensaje emitido es, por definición, efímero. Puede verse, puede escucharse, puede incluso entretener. Pero no persuade, porque no parte de ningún lugar concreto ni apunta a ningún lado. Un tiro al aire por el que todos voltean un momento pero luego siguen su camino.

La comunicación, en este escenario, opera como una isla dentro del modelo de negocio. Desconectada de ventas, de producto, de la dirección estratégica. El resultado es lo que en esta teoría de sistemas de comunicación corporativa podríamos llamar fragmentación del mensaje. Cuando es así, el consumidor lo único que recibe son señales contradictorias o vacías, y las interpreta como irrelevantes.

De la gestión de contenidos a la comunicación estratégica

¿Existe una salida? Por supuesto, pero el camino hacia ella exige un cambio del chip mental en los tomadores de decisiones.

No se trata de producir menos contenido, aunque en muchos casos eso también sea parte de la solución. Se trata de reposicionar la comunicación como lo que siempre debió ser. Es decir, una función estratégica de la Dirección y no una tarea operativa del departamento de marketing y encargada solo al filmmaker o al diseñador o al que hace todo a la vez.

Esto implica preguntarse antes de emitir cualquier mensaje: ¿qué vamos a decir? ¿cómo lo vamos a decir? ¿a quién se lo decimos? y ¿por qué medio lo decimos?. Todo ello por supuesto en el  marco de ¿qué queremos que piensen de nosotros las personas cuya opinión nos importa? La respuesta a esa pregunta es la base sobre la que se construye todo lo demás

No debemos priorizar la frecuencia, consideremos que un solo impacto comunicativo alineado con los valores y los objetivos de la organización vale más que cien publicaciones que alimentan el algoritmo pero no construyen reputación. La autoridad no se compra con frecuencia de posteo; se construye con determinación y unidad de mensaje.

¿Cuál es tu audiencia? Algunas marcas tienden a hablar a un consumidor final masivo pero olvidan que su ecosistema de influencia incluye a inversores, empleados, reguladores y medios. De acuerdo al objetivo hay que diseñar mensajes para todos estos grupos, no solo ante el cliente final, es lo que convierte la comunicación en un verdadero activo de protección del negocio.

Una presencia que ya a nadie le importa

Una organización que ha banalizado su presencia digital durante años llega a las crisis sin armas ni reservas. Sin reputación acumulada, sin una comunidad cohesionada delante de ella, sin una narrativa lo suficientemente sólida como para sostenerse en la tormenta de una crisis. En términos de valor de marca ha cultivado la irrelevancia. A nadie le importa si cae o desaparece. 

En esos momentos —una crisis reputacional, un cambio regulatorio, una coyuntura adversa— las marcas con identidad y coherencia comunicativa sobreviven, incluso se fortalecen. Su comunidad las defiende y sostiene. En cambio las marcas que solo publicaban se disuelven, ya no hay más likes solo hates.

Que quede claro entonces. La confianza no se construye desesperadamente frente a una crisis. Se construye o se destruye en todos los momentos ordinarios que las preceden.

Deja de vivir del algoritmo y empieza por una estrategia

Un cambio inicial importante sería dejar de pensar que la inversión en comunicación digital es un gasto en Ads y una lluvia de publicaciones. Es, o debería ser, la puesta en marcha de una estrategia de comunicación digital y su gestión activa para hacer crecer el modelo de negocio.

Cada dólar invertido en publicitar un mensaje vacío es un dólar que cae al agua de la fuente de los deseos, eso no construye reputación. Y cada semana de publicaciones sin propósito es una semana en la que tu competencia, la que sí tiene una idea esencial clara de lo que se trata, gana terreno en la mente de las personas que más importan.

La solución es clara, aunque requiere algo que el algoritmo no puede optimizar por ti: claridad de pensamiento y valentía para priorizar lo estratégico.

Una idea final para meditar: Si mañana dejaras de publicar durante 30 días, ¿alguien lo notaría de verdad? Y si la respuesta es no, ¿qué te dice eso sobre el valor real de lo que has estado construyendo?

Daniel Pecho es comunicador audiovisual y especialista en el uso estratégico de la IA, con más de 25 años transformando información en impacto real. Analista de medios digitales y experto en estrategia de contenidos y producción digital, trabaja para optimizar los flujos creativos y promover la alfabetización mediática en un entorno en constante cambio. Defensor de la ética informativa y la comunicación con propósito.

Scroll to Top