Infoxicación: leemos más, pensamos menos

Durante años hemos asumido que tener más información era, casi por definición, más libertad y más poder de decisión. Pero hagamos un ejercicio: deja de leer esto un segundo y observa. ¿Cuántas pestañas tienes abiertas ahora mismo? ¿Cuántas notificaciones te esperan sin leer? Si sientes una especie de zumbido mental constante, una imposibilidad de concentrarte del todo en nada, no estás fallando como persona. Esto le está pasando a casi todo el mundo, y tiene nombre: infoxicación.

Ese término lo acuñó el físico Alfons Cornellá al fusionar “información” e “intoxicación”, y describe algo muy concreto: ese estado de asfixia mental que sentimos cuando entra más información de la que podemos procesar. Porque, a partir de cierto punto, cada dato extra ya no te hace más libre, sino que, por el contrario, te paraliza un poco más.

Lo que hace que este momento sea distinto no es solo la cantidad de información, sino la velocidad brutal a la que se ha disparado. Según el especialista en redes David de Ugarte, desde la invención de la escritura hasta el año 2003 la humanidad generó unos 5 exabytes de información. Hoy generamos esa misma cantidad cada dos días. No es una metáfora de que “hoy todo va más rápido”; es un salto de escala al que nuestro cerebro, biológicamente, no ha tenido tiempo de adaptarse aún. Pasamos de un mundo de pocas ventanas —unos canales de tele, cartas que tardaban días— a tener miles de ventanas abiertas de forma simultánea en un solo dispositivo. Y ese cambio de “pocas ventanas” a “ventanas infinitas” ha sustituido la lectura reflexiva por lo que podríamos llamar lectura interrumpida. Es decir, leemos todo el rato, pero rara vez terminamos de pensar algo.

Según la teoría de la carga cognitiva, nuestra memoria de trabajo —esa que usamos para razonar en el momento— solo puede sostener entre 3 y 4 elementos a la vez, y por apenas unos 20 segundos antes de que se pierdan si no hacemos algo con ellos. Es un cuello de botella biológico, literal, no una cuestión de “fuerza de voluntad” o de ser más o menos organizado. El problema es que ese cuello de botella es también la puerta de entrada al aprendizaje real, porque para que algo se convierta en conocimiento duradero necesitamos construir lo que los psicólogos llaman esquemas, estructuras mentales estables. Si la memoria de trabajo está todo el tiempo saturada de estímulos nuevos, nunca le damos el espacio que necesita para construir esos esquemas. Es como si un alfarero intentara hacer una vasija y alguien le arrojara más masa de arcilla encima: nunca llega a terminar nada.

Es por ello que ciertos estudios concluyen que quien consulta constantemente las notificaciones puede llegar a triplicar el tiempo que tarda en completar tareas administrativas simples en el trabajo. No es que trabajemos menos, es que trabajamos peor, pues cada interrupción tiene un costo de “recarga mental” que casi nunca contabilizamos.

Otro estudio del psicólogo británico Dr. Aric Sigman, publicado en la revista Biologist, señala que la interacción humana cara a cara ha caído de un promedio de 6 horas diarias en 1987 a poco más de 2 horas hoy. Es decir, ganamos conectividad digital, pero en el camino hemos perdido buena parte del contacto humano directo que también regula nuestro bienestar.

Lo interesante es que la solución que suele proponerse —“desconéctate más”— es solo la mitad de la respuesta. La otra mitad, menos extrema pero más útil, tiene que ver con la arquitectura de la información. Quiere decir que debemos aprender a filtrar con criterio en lugar de solo consumir menos. Algo tan simple como agrupar tareas, por ejemplo: revisar el correo en bloques de horario fijo, en vez de reaccionar cada vez que llega una notificación. El psicólogo Roberto Balaguer sugiere recuperar hábitos físicos —hasta la siesta— como forma de disipar lo que él llama “neblina digital”. Y hay incluso aplicaciones diseñadas para esto, que crean deliberadamente “entornos de nada”: pantallas simples, sonidos ambientales suaves, cero distracciones, solo para bajarle el volumen al ruido y dejar espacio a la carga cognitiva realmente productiva, la que se usa para pensar y no para reaccionar.

Vale la pena mencionar también una perspectiva menos alarmista: el especialista Xavier Carbonell plantea que quizás no estamos ante un daño cerebral irreversible, sino ante una adaptación cognitiva, algo parecido a la agilidad mental que desarrolla alguien que juega videojuegos frenéticos. Puede que el cerebro esté aprendiendo, poco a poco, a manejar cargas de estímulo más altas que las de generaciones anteriores. La incursión de la inteligencia artificial como herramienta para procesar datos también está ayudando al ser humano. Tal vez no se trata solo de resistir el cambio, sino de descubrir qué nuevas capacidades trae consigo.

En conclusión, la verdadera libertad hoy no está en tener acceso a más información, sino en la capacidad de decidir qué dejamos entrar y qué dejamos afuera. No se trata de tener menos curiosidad, sino de tratar la atención como el recurso escaso y valioso que en realidad es. La pregunta que queda flotando es: si tu memoria de trabajo solo tiene espacio para 3 o 4 cosas a la vez, ¿cuáles son las que de verdad merecen ocupar ese lugar hoy?

Daniel Pecho es comunicador audiovisual y especialista en el uso estratégico de la IA, con más de 25 años transformando información en impacto real. Analista de medios digitales y experto en estrategia de contenidos y producción digital, trabaja para optimizar los flujos creativos y promover la alfabetización mediática en un entorno en constante cambio. Defensor de la ética informativa y la comunicación con propósito.
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