La infodemia que viene luego de una desastre natural.

Tras un desatre ocasionado por un fenómeno natural la primera epidemia que se desata es la del exceso de información sin verificar.

Cuando ocurre un desastre natural o la naturaleza golpea fuerte, el daño físico es solo la mitad de la tragedia. Existe otra que ocurre en nuestras pantallas, y es igual de letal.

Hasta podríamos llamarlo «el segundo desastre». Es lo que se conoce como una infodemia, esa avalancha de información que nos cae de repente. No estamos hablando solo de «fake news». Es algo más dramático, un exceso de información donde lo verdadero y lo falso se mezclan arbitrariamente, viajan juntos y a la misma velocidad, por los mismos canales. Y sí, en emergencias causadas por desastres, este exceso hasta mata.

Es conocido por demás que las redes sociales son un arma de doble filo. Salvan vidas cuando funcionan bien, por ellas se alertan, coordinan y conectan las acciones frente a una emergencia. Pero también, en medio del caos, esa misma urgencia por ayudar nos vuelve descuidados. Compartimos sin verificar. Y sin darnos cuenta, así nos convertimos en parte del problema.

El silencio oficial abre la puerta a la mentira

Toda respuesta de emergencia depende de que la señal llegue limpia. Que el mensaje correcto encuentre a la persona correcta en el momento correcto.

El problema es la interferencia del ruido. Cuando miles de datos falsos o irrelevantes inundan los canales o medios digitales, es como atacar o negar el servicio de atención humana, porque los mensajes de vida o muerte verdaderos quedan sepultados bajo contenido basura.

Es algo parecido a intentar escuchar una instrucción urgente en medio de una calle con alto tránsito, con ruidos distintos al mismo tiempo. Así es como opera un equipo de rescate cuando la desinformación satura los canales de comunicación.

Es conocido que la mentira se propaga más rápido que la verdad, y es por ello que muchas veces esta llega tarde. Si las autoridades tardan en comunicar, o lo hacen con lenguaje confuso, dejan un vacío. Y ese vacío es llenado inmediatamente por alguien más, y casi siempre, con rumores.

Cuando la ayuda cae en el vacío

Luego de catástrofes, los equipos de rescate trabajan con recursos limitados de tiempo, personal y equipo. Por ello, cada minuto cuenta.

Ahora imaginemos que a alguien se le ocurre circular una imagen manipulada, dramática y viral que muestra un daño inexistente, un peligro que se ha inventado. En minutos, cientos de reportes y llamadas de auxilio apuntarán hacia ese lugar. Por otro lado, las agencias informativas se ven obligadas a verificar la información, y a desviar recursos hacia una amenaza fantasma.

Sin embargo, el costo verdadero puede ser que en una zona real, donde sí se necesita ayuda, alguien sigue esperando ayuda que no llega.

Ese es el costo invisible de la desinformación: no hablamos solo de crear confusión, sino de un obstáculo físico entre los rescatistas y la persona que necesita ser salvada.

El contagio del pánico

Pero también hay otro costo que no se cuenta en los informes de daños físicos y materiales, y es el desgaste emocional que la infodemia produce.

Cuando la gente recibe información contradictoria o alarmante una y otra vez, entra en un estado de alerta constante. El miedo se contagia más rápido que los hechos. Y ese estrés sostenido deja huellas de ansiedad, angustia y desconfianza que se instalan mucho después de que el agua bajó o la tierra dejó de temblar. Conocidos son los constantes pronósticos, anuncios o recomendaciones de seudoespecialistas.

El daño más duradero y grave, sin embargo, es la pérdida de confianza en las instituciones. Si la gente siente que nadie tiene el control de la historia, empieza a dudar de todo lo oficial. Y la próxima vez que llegue una alerta real, muchos la van a ignorar o no obedecerán las recomendaciones.

Ese es el precio más caro que deja una infodemia: una sociedad que ya no sabe a quién creerle cuando de verdad importa mucho.

¿Qué se puede hacer?

No existe una solución ideal o mágica, pero lo que sí hay es una dirección clara a seguir. Cuatro frentes que, trabajados juntos, marcan la diferencia.

  1. Educar antes de que ocurra la próxima emergencia. La alfabetización mediática digital e informacional no puede ser una campaña de una sola vez. Tiene que ser permanente y enfocada en los grupos que más comparten sin verificar. Los adultos mayores, por ejemplo, son un grupo especialmente vulnerable y el que más se manipula con este tipo de contenido.
  2. Usar tecnología para detectar a tiempo. Hoy ya existen sistemas capaces de identificar y marcar un contenido falso casi en tiempo real, incluso antes de que se vuelva viral. Usarlos no es una opción: es una obligación y parte de nuestra responsabilidad.
  3. Desmentir rápido, y con empatía. Las autoridades involucradas en la emergencia no pueden darse el lujo de reaccionar tarde en cuanto a información. Hay que vigilar y detectar cuando bots o cuentas oportunistas secuestran etiquetas oficiales para desinformar, y responder con datos claros y un tono que calme, no que regañe.
  4. Construir alianzas de datos antes de la crisis. Gobiernos, plataformas tecnológicas y organizaciones humanitarias necesitan coordinarse con anticipación para que, cuando llegue el momento, la información verificada tenga prioridad sobre el ruido de las mentiras.

Una simple pregunta

Se ha llegado a estimar que, en pleno siglo XXI, la información confiable es tan vital como el agua potable o la atención médica. Un sistema de gestión de emergencias que ignore cómo se mueve la conversación en redes sociales está condenado a perder terreno frente al caos informativo luego de un desastre.

Nuestra resiliencia ya no depende solo de qué tan fuertes sean nuestros diques de contención o las columnas de nuestros edificios. Depende también de qué tan bien sepamos distinguir la verdad en medio del alud que produce la infodemia. Suena trágico, pero esta puede hasta multiplicar el número de víctimas.

La próxima vez que compartamos algo durante una emergencia, deberíamos hacernos una simple pregunta: ¿estoy con esto ayudando a superar la emergencia, o soy parte del ruido que la agrava?

Daniel Pecho es comunicador audiovisual y especialista en el uso estratégico de la IA, con más de 25 años transformando información en impacto real. Analista de medios digitales y experto en estrategia de contenidos y producción digital, trabaja para optimizar los flujos creativos y promover la alfabetización mediática en un entorno en constante cambio. Defensor de la ética informativa y la comunicación con propósito.
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